DE MI LIBRO: "TRAZOS DE LUZ"

CASA DE LA INFANCIA

Subidos al viejo campanario de la iglesia del pueblo mirábamos las calles tratando de encontrar nuestra casa. Desde esa altura podíamos ver hacia el oeste el inmensurable y ondulado río. Sobre las barrancas unas cuantas casitas blancas dispersas que semejaban ovejitas pastando entre mil tonos de verde. Pero mis ojos buscaban el sur, a cinco cuadras de distancia estaba mi casa.

En ese lugar pasé mis mejores años, los de una infancia sin abundancia, pero feliz. Muy cerca del río y del monte. Un paisaje rústico y agrio, endulzado en las siestas por el tas y los pisingallos. Un lugar de un sol ancho y bueno, un lugar único e irrepetible. Nuestro, solo nuestro… Con una intensa calma solamente alterada de vez en cuando por el despertar de alguna tormenta veraniega que también era bien aprovechada para nuestras aventuras.

Mi casa era vieja, de techos rojos, con una galería larga que terminaba en un aljibe que habría su negra y redonda boca como queriendo atraparnos, su frente sin revocar dejaba ver viejos ladrillos, mudos testigos del andar cansino de los años pasados.

Una vieja y moribunda parra que ya casi no daba frutos y a la que mi padre se resistía a cortar entoldaba con su verde desteñido el viejo patio de mustios ladrillos. A su tronco retorcido y revirado que parecía padecer de una grave artritis solía treparme y girar como un trompo hasta marearme.

Casa humilde, acogedora en su limpia sencillez, en su noble sosiego, muy cerca de la costa y de los montecitos que nos llamaban a la hora de la siesta.

En la puerta un inmenso paraíso, viejo feudal de la esquina, pintaba de un azul casi lila el entorno. Desde la ventana lo observaba y en las noches de tormenta me recordaba al Quijote desafiando los molinos de viento. En él una tarde de ensueños, dejé grabado un corazón con dos nombres…

Por último en el fondo el huerto de mi padre. Allí los pájaros entonaban cada día su alabanza, las abejas repetían su monótona cadencia en el interminable ritual de ir y venir entre las flores. A la tardecita las chicharras se desgarraban enloquecidas en un fuerte y desafinado canto acompañando al sol que pintaba las naranjas. El fuerte olor a orégano se mezclaba con el de la menta y con el inconfundible aroma a pan casero que se escapaba del viejo horno de barro.

Regresaba al mediodía de la escuela… Los árboles reconociendo mis pasos plegaban su sombra y la ofrecían a mis pies.

Ya cerca de mi casa solariega un humo de hogar y un franco olor a guiso casero apuraban mi andar…
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